Foto de Damien Dufour en Unsplash
Hoy empiezo el Camino de Santiago y debo decir que estoy en una etapa en la que realmente me siento en paz y realizada. La gente que he elegido para acompañarme en esta parte de mi vida es la correcta. El giro que he dado empieza a tomar forma, y las decisiones que he tomado en el camino siento que han sido las indicadas.
No vine al Camino a curar algo que duele, vine a agarrar más fuerza interior para seguir reconstruyendo mi nueva realidad. Sin embargo, para recorrerlo decidí ponerle orden a mis acciones y pensamientos de cada día: caminaré al menos 10 km de los 25 que recorreré diariamente con intención. Los otros 15 los dejaré para la contemplación, para que mi mente se pierda en la maravilla de la presencia y del simple hecho de ser.
En mi primer tramo —de Portomarín a Palas de Rei— voy a hacer tres prácticas muy simples, pero profundamente incómodas:
1- Caminar en silencio.
Sin música, sin distracciones. Solo yo… conmigo.
Y ahí aparece algo que normalmente evitamos: el ruido interno. Pensamientos repetitivos, dudas, conversaciones pendientes. No es agradable, pero es honesto.

2- Cargar una piedra.
Literalmente.
La voy a llevar conmigo durante el día como símbolo de todo aquello que sigo sosteniendo: ideas, creencias, vínculos, miedos. Y darme cuenta de algo importante: el peso no siempre viene de afuera. Muchas veces no es lo que cargas, sino cuánto tiempo decides cargarlo. Es momento de soltar.

3- Observar una semilla.
Algo pequeño, casi invisible.
Y recordar que todo lo que estoy buscando construir en mi vida —calma, claridad, dirección— ya existe en mí, pero no necesariamente lo he cultivado.
No estoy buscando respuestas inmediatas.
Estoy buscando el silencio suficiente para poder escucharme de verdad.
Hoy no se trata de llegar a un destino.
Se trata de empezar a soltar.
Voy a ir compartiendo este proceso, no desde la perfección, sino desde lo que realmente se mueve dentro de mí.
A veces, el mayor acto de fuerza es tener el valor de mirarte hacia adentro con la mayor honestidad.



Reflexión:
me quedé pensando en algo muy simple, pero muy profundo: lo poco que realmente vemos cuando estamos inmersos en el ruido de la vida cotidiana. No solo el ruido de la ciudad, sino el de la mente, el de la rutina, el de todo lo que “tenemos que hacer”. Estamos presentes, pero no del todo. Vemos las nubes, los árboles, las mariposas… pero no las vemos de verdad, porque nuestra atención está en otro lado.
Y ahí entendí algo que se siente muy claro: apagar la mente no debería ser un lujo ni una práctica opcional, debería ser una necesidad. No es cuestionarte si meditas o no, es darte cuenta de que necesitas espacios diarios donde tu mente deje de correr. Porque en ese silencio es donde empiezas a percibir lo que siempre ha estado ahí, pero que no habías notado.
También me cayó un veinte muy fuerte con el cuerpo. Venía caminando y pensaba en lo agradecida que estoy con él. En cómo lo damos por hecho. En cómo asumimos que siempre va a responder, que siempre va a estar disponible. Y no es hasta que lo llevas a un límite —como caminar tantos kilómetros— que te das cuenta de todo lo que es capaz de hacer. De que no te ha fallado. De que ha estado contigo en todo.

Y aun así, muchas veces no lo valoramos lo suficiente. No lo usamos, no lo cuidamos, no lo escuchamos. Pensamos que siempre va a estar igual, y no es así. El cuerpo también tiene su tiempo, y mientras lo tienes, no solo hay que agradecerlo, hay que habitarlo.
Y por último, algo que me está confrontando mucho: el ruido mental no se apaga solo porque estés en silencio. Puedes estar lejos de todo, sin distracciones externas, y aun así tu mente sigue activa. Pensando, repitiendo, creando historias. Y ahí te das cuenta de que el verdadero trabajo no es salir del ruido de afuera, es aprender a gestionar el de adentro.
No es fácil. No es inmediato. No es algo que sucede porque sí.
Es una práctica.
Y como toda práctica, requiere paciencia. Requiere constancia. Requiere regresar una y otra vez al presente, aunque la mente se vaya mil veces.
Hoy es apenas el inicio, pero también es un recordatorio de que todo esto se entrena. Que la calma no es algo que aparece, es algo que se construye.
Y que, poco a poco, también se aprende a habitar.

