Camino de Santiago: Reflexión Día 2

Este tramo, de Palas a Arzúa, fue mucho más que caminar. Se convirtió en un espacio para hacer algo que rara vez hacemos en la vida diaria: ver la verdad sin escapar de ella.

Me hice una pregunta incómoda, pero profundamente honesta. ¿Dónde te estás mintiendo? Sin justificar, sin suavizar la respuesta, sin intentar hacerla más digerible. No necesitas resolverlo de inmediato, solo permitir que aparezca. A veces la verdad no está en algo grande, sino en esos pequeños lugares donde sabes que ya no estás siendo completamente honesta contigo.

Mientras avanzaba, observaba a los demás peregrinos que se cruzaban en mi camino. Sus ritmos, su energía, su forma de caminar. Y me di cuenta de algo: lo que te molesta o lo que admiras rara vez es solo sobre el otro. Es un reflejo. Esta práctica no se trata de juzgar, sino de usar ese espejo para entenderte un poco más.

Cuando llegó el cansancio, el real, no el primero, intenté hacer algo distinto. No cambiar el ritmo de inmediato, no distraerme, no negociar con mi mente. Solo observar. ¿Qué historia aparece cuando algo se pone difícil? ¿Me exijo más, me victimizo, quiero salir corriendo, me justifico? No intenté cambiarlo. Solo mirarlo. Ahí está el patrón automático.

Más adelante, todo lo que ocurrió pudo sentirse como un mensaje. Pero no desde una idea externa, sino desde algo mucho más simple: no es que el universo me esté hablando, es lo que yo decidí ver. La forma en la que interpretas lo que te rodea dice mucho más de tu estado interno de lo que imaginas.

Y en algún punto del camino, probé hacer espacio para algo más profundo: el perdón. Traje a mi mente a alguien o algo que todavía pesaba. Reconocí sin drama que dolió, sin necesidad de justificar nada. Y después, intenté soltarlo. No por la otra persona, sino por mi. Y si en algún momento no se pudo, también fui honesta conmigo: tal vez todavía no estoy lista. Y eso también es válido.

Reflexión:

A mitad del día, apareció algo muy claro: el lujo que es poder poner la mente en silencio. No como algo ocasional, sino como una práctica que vale la pena priorizar si realmente quieres sentirte más sólida internamente.

También puede hacerse evidente algo que suena simple, pero que en este contexto se vuelve muy real: la felicidad es una elección, y tiene que ver directamente con tus pensamientos. Estar bien no solo es dormir bien o comer bien, sino aprender a pensar mejor. A darte cuenta de que, en cada momento, puedes elegir hacia dónde llevar tu mente.

Porque cuando no hay distracciones, se vuelve evidente que la mente puede irse a la máxima oscuridad o a la máxima luz. Y ahí entiendes algo importante: tu estado no depende de nadie más, sino de la relación que tienes con lo que piensas.

Al final del día, más allá de llegar al destino, lo que realmente importa es lo que lograste ver dentro de ti. Porque este camino no solo se recorre hacia afuera.

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