¿Cómo te relacionas con la incertidumbre?

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Hay una pregunta que me gusta hacerme cada vez que siento que necesito tener todas las respuestas: ¿qué es exactamente lo que intento controlar?

Queremos planes claros, resultados inmediatos y garantías de que cada decisión nos llevará al lugar correcto. Pero la vida cambia de dirección, aparecen oportunidades que no habíamos imaginado y, muchas veces, aquello que parecía un obstáculo termina siendo el inicio de algo mucho más grande.

La incertidumbre suele sentirse incómoda porque nos enfrenta con algo que no podemos resolver de inmediato. Nos obliga a convivir con preguntas abiertas, a tomar decisiones sin conocer el desenlace y a confiar en que encontraremos la manera de responder cuando llegue el momento. Y aunque nuestro primer impulso suele ser resistirnos, quizás el verdadero crecimiento ocurre precisamente ahí.

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No creo que la clave sea dejar de sentir miedo. Creo que la clave está en cambiar la relación que tenemos con él.

Con los años he entendido que no todas las etapas de la vida están hechas para construir. Algunas existen para explorar. Otras para detenernos. Y algunas simplemente para aprender a permanecer presentes mientras el siguiente paso se revela poco a poco.

Cuando intentamos eliminar toda incertidumbre, también cerramos la puerta a la sorpresa. Queremos controlar tanto el resultado que olvidamos disfrutar el proceso. Nos convencemos de que solo podremos estar tranquilos cuando todo esté resuelto, sin darnos cuenta de que siempre habrá algo nuevo por descubrir, decidir o transformar.

Quizá por eso las personas que admiramos no son quienes nunca dudan, sino quienes siguen avanzando aun cuando no tienen todas las respuestas. La confianza no nace de saber exactamente qué va a pasar. Nace de recordar que ya hemos atravesado momentos difíciles antes y que, una y otra vez, encontramos recursos que ni siquiera sabíamos que teníamos.

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La incertidumbre también puede ser una invitación. Nos obliga a dejar espacio para nuevas ideas, personas, proyectos y versiones de nosotros mismos que todavía no conocemos. Si todo estuviera escrito desde el principio, probablemente nunca nos atreveríamos a cambiar de rumbo.

Hoy, en lugar de preguntarte cuándo desaparecerá la incertidumbre, intenta hacerte otra pregunta:

¿Cómo quiero habitar este momento mientras descubro lo que sigue?

Tal vez esa sea la diferencia entre vivir esperando a que llegue la certeza o aprender a confiar en que, incluso sin ella, siempre podemos dar el siguiente paso.

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