Graciela Iturbide: el alma de México a través de un lente inmortal

Ayer conocí a Graciela Iturbide y todavía no lo supero. Escucharla hablar, verla de cerca, fue como tener enfrente a una leyenda viva. No solo por ser la fotógrafa mexicana más importante de nuestros tiempos, sino por la fuerza silenciosa de alguien que ha visto —y retratado— lo que pocos ojos han podido capturar.

Su historia no empieza con fama ni premios, sino acompañando a Manuel Álvarez Bravo, quien le enseñó que la fotografía no solo se toma con la cámara, sino con el alma. Luego llegaron figuras como Tina Modotti y Edward Weston a su vida, y con ellos, un universo de sensibilidad visual que terminaría convirtiéndola en lo que es hoy: la gran narradora visual de México.

Tiene 83 años, y recibió el Premio Princesa de Asturias, uno de los reconocimientos más importantes del mundo cultural. Su obra ha retratado a México con una mirada profunda, mística y brutalmente honesta. Lo que para muchos es cotidiano, para ella es casi sagrado: un ritual, un símbolo, una verdad oculta que solo su lente sabe revelar. Lo mismo fotografía a una mujer con iguanas sobre la cabeza que a un cementerio en Juchitán, y en ambos hay una poesía visual que estremece.

Su visita a Casa de México en España fue un privilegio. La exposición fue organizada por Cándida Fernández, en una colaboración que resalta lo que Ximena Caraza ha venido haciendo en ese espacio: tender puentes culturales que están llamando la atención de toda Europa. No se trata solo de exhibir arte mexicano, sino de celebrar nuestra identidad con la profundidad y el respeto que merece.

Graciela Iturbide nos recuerda que México no solo se ve, se siente. Que una imagen puede decir lo que mil discursos no alcanzan. Y que hay personas que, con una cámara en mano, inmortalizan un país entero.

Su lente, su alma, su México… inmortales.

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