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Hay dos formas de entrar a un cuarto. La primera: notar lo que falta. La silla rota, la pared sin pintar, la lámpara que no enciende. La segunda: notar lo que hay. La luz natural que entra por la ventana, el espacio, la posibilidad.
El cuarto es el mismo. Lo que cambia es dónde pones los ojos. En tu vida pasa exactamente lo mismo.
Si quieres ser infeliz, siempre vas a encontrar una razón. Siempre habrá alguien con más dinero, más éxito, más belleza, más reconocimiento. Alguien que llegó antes, que tiene más seguidores, que parece tenerlo más resuelto. Siempre habrá algo que salió mal, una relación que no funcionó, una oportunidad que se fue, una versión de ti que sientes que fallaste.
La pregunta no es si hay razones para estar inconforme. Siempre las habrá. La pregunta es dónde decides poner tu atención.
Porque de ahí nace todo lo demás: tu estado de ánimo, tu energía, las decisiones que tomas, la forma en que te relacionas contigo misma y con el mundo.

Hay un modo de vivir que se siente muy honesto, muy realista incluso, pero que en el fondo te está costando carísimo: el modo de la carencia.
Desde ahí, el monólogo suena así: “No soy suficientemente inteligente. No soy suficientemente disciplinada. No tengo el tiempo, la energía, el cuerpo, la historia que quisiera tener.” Y entonces toda tu energía se va a compensar lo que te falta en lugar de a construir desde lo que tienes.
Cuando vives desde la carencia, empiezas a mirar hacia los lados. Copias. Imitas. Te comparas. Y en ese intento constante por parecerte a lo que crees que deberías ser, te alejas exactamente de lo que te haría poderosa: lo que ya eres.

¿Te acuerdas de ese compañero de la escuela? Había uno en casi todos los salones. Alguien con un talento distinto, raro, difícil de clasificar. Y en lugar de usarlo, lo escondía. Lo suavizaba para encajar, para no incomodar, para no parecer “demasiado”. Quizás tú también lo has hecho.
Has suavizado tu forma de hablar para no intimidar. Has minimizado lo que sabes para no parecer arrogante. Has escondido lo que te hace única porque no sabías si encajaba, si era válido, si alguien más lo valoraría.
Y es precisamente eso, esa rareza, esa especificidad, esa cosa tuya difícil de clasificar, lo que te daría tu mayor ventaja. Lo que incomoda a algunos es exactamente lo que resuena profundamente con otros. Y esos otros son tu gente.
Tienes recursos que no siempre reconoces como tales. Tu historia, incluso la parte difícil, especialmente la parte difícil. Tu forma particular de ver las cosas. Las personas que te conocen y confían en ti. Lo que aprendiste a fuerza de vivirlo, no de leerlo. Tu capacidad de sentir, de conectar, de estar presente. La claridad que tienes cuando te permites escucharte.
Nada de eso aparece en una lista de logros. Pero todo eso es real, es tuyo y es poderoso.La mayoría de las veces esos recursos están siendo ignorados porque la atención está puesta en lo que falta, no en lo que hay.
¿En qué eres buena tú, como persona? No en abstracto, tú, específicamente. ¿Qué talento tienes por naturaleza? ¿Qué has vivido que te dio una perspectiva que otros no tienen? ¿Qué cualidad tuya has estado minimizando para no salirte del molde?
Todo eso ya está en ti. No llegará después, cuando tengas más, cuando estés lista, cuando hayas resuelto lo que falta. Ya está. No necesitas más recursos. Necesitas dejar de ignorar los que ya tienes.
La atención es el recurso más escaso y más poderoso que existe. Ponla en tus fuerzas. Construye desde ahí. Y verás que el cuarto, el mismo cuarto de siempre, se ve completamente diferente.