Hay incomodidades que no se sienten como señales, se sienten como nudos en el estómago. Como ganas de huir. Como esas conversaciones que no quieres tener, esas emociones que preferirías ignorar, esos vacíos que evitas llenar con tu propio silencio.
Pero ¿y si no estuvieras siendo castigada, sino llamada?
Llamada a ver lo que no estabas dispuesta a mirar.
A reconocer lo que dejaste escondido en los rincones de tu alma.
A soltar lo que ya no se parece a quien eres hoy.
La incomodidad es cruda, sí. Pero también es honesta. Es la forma en que la vida nos mueve cuando nosotras no lo hacemos por voluntad propia. Es ese empujón incómodo hacia versiones más libres de nosotras mismas.

No estás siendo puesta a prueba porque hiciste algo mal.
Estás siendo guiada hacia lo que realmente necesitas.
Lo que duele no te quiere romper, te quiere abrir.
Abrirte los ojos. Abrirte los caminos. Abrirte el corazón.
A veces, lo incómodo es simplemente tu alma avisándote que es momento de moverte. De crecer. De elegirte otra vez, aunque eso signifique soltar algo que antes te hacía bien.
Y eso, aunque duela, no es un final.
Es el principio de algo mucho más hermoso.