Mi reflexión acerca de: The Substance

Leire Cavia para Unsplash+

En The Substance, la nueva película de Demi Moore, vemos la obsesión de nuestra sociedad por la juventud eterna y el control. La historia sigue a una mujer que recurre a un tratamiento experimental para rejuvenecer su cuerpo, solo para descubrir que el precio de desafiar el tiempo es más alto de lo que imaginó. Lo curioso es que este thriller no solo juega con el terror corporal, sino que también nos enfrenta a una realidad incómoda: el envejecimiento sigue siendo un tabú.

Vivimos en una sociedad que glorifica la juventud y relega la madurez a un segundo plano. Desde la industria del entretenimiento hasta los espacios laborales, se ha instalado la idea de que lo nuevo siempre es mejor, dejando de lado la experiencia, la sabiduría y el valor que aportan los años. Pero, ¿cuándo empezaremos a ver la madurez no como un obstáculo, sino como un activo invaluable?

No es un secreto que la juventud ha sido convertida en una especie de “moneda de cambio” en muchos ámbitos. Claro, en Hollywood los hombres mayores muchas veces siguen protagonizando historias con mujeres mucho más jóvenes a su lado pero este problema no se limita a la industria del cine; ocurre en los negocios, en la política, en los hospitales, donde la experiencia de las mujeres mayores es frecuentemente subestimada o descartada por completo.

Es momento de cuestionarnos la discriminación por edad. Sí, en una cultura donde el envejecimiento es visto casi como una enfermedad, deberíamos replantearnos qué mensaje estamos enviando a las nuevas generaciones. En países como Japón, la vejez es sinónimo de respeto y sabiduría. Los ancianos son considerados guías, maestros y guardianes del conocimiento. En cambio, en gran parte de Occidente, el envejecimiento se percibe con desdén, como si la gente mayor dejara de ser útil o digna de ser escuchada. Es un problema estructural que nos afecta a todos: cada día nos acercamos más a esa etapa de la vida y, sin un cambio de mentalidad, todos podríamos ser relegados al olvido. No se trata de un simple tema de belleza o de apariencias, sino de equidad, reconocimiento y dignidad.

Ojo, también pensemos que más allá de cómo nos percibe el mundo, ¿cómo nos percibimos a nosotras mismas? Muchas mujeres internalizan el rechazo social al envejecimiento y lo convierten en un discurso de autodesprecio. En The Substance, vemos de forma cruda este odio interno, cuando el personaje de Margaret Qualley enfrenta, literalmente, la versión envejecida de sí misma con desprecio y violencia. No es solo una cuestión de apariencia, sino de la narrativa interna que nos repetimos sobre lo que fuimos, lo que no logramos y lo que ya no podemos ser. La desesperación por mantenerse joven a cualquier costo, desde cirugías hasta procedimientos extremos, es también un reflejo del temor a la irrelevancia y el autoabandono.

Y no es solo un problema individual. También existe un resentimiento intergeneracional, donde muchas personas mayores miran con desprecio a la juventud, minimizando su voz, llamándolos ingenuos o tontos. Por otro lado, los jóvenes evitan a los mayores, como si fueran una advertencia de un futuro que prefieren ignorar. Este desbalance genera una desconexión, donde ni los jóvenes ni los mayores logran verse con empatía y respeto. Es momento de sanar esa fractura y reconocer el valor de cada etapa de la vida, en lugar de enfrentarlas entre sí.

Si queremos un futuro donde todas las edades sean valoradas, es fundamental cambiar la narrativa. Debemos enseñar a las nuevas generaciones que la madurez no es un peso, sino una fortaleza y que la experiencia no es un estorbo, sino una guía invaluable.

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