¿Por qué nos cuesta tanto trabajo creer que sí nos merecemos cosas buenas?

Foto de Ksenia Gord en Unsplash

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos de forma consciente, pero que influye en muchas de nuestras decisiones: ¿realmente creo que merezco las cosas buenas que llegan a mi vida?

Puede parecer una pregunta sencilla, pero la respuesta no siempre lo es. Muchas personas trabajan por sus metas, luchan por sus sueños y desean profundamente una vida más plena. Sin embargo, cuando una oportunidad aparece, cuando reciben reconocimiento, amor, abundancia o éxito, algo dentro de ellas duda.

Minimizan sus logros. Se sienten culpables por disfrutar. Piensan que fue suerte. Esperan que todo desaparezca en cualquier momento. Y, sin darse cuenta, viven con la sensación de que tienen que seguir demostrando que son dignas de recibir.

La realidad es que a muchas personas no les cuesta conseguir cosas buenas. Les cuesta creer que las merecen.

Aprendimos a valorar el esfuerzo más que la recompensa

Desde pequeñas, muchas de nosotras escuchamos historias sobre sacrificio, trabajo duro y resistencia. Nos enseñaron a admirar a quienes luchaban, a quienes se esforzaban y a quienes seguían adelante a pesar de las dificultades.

Y aunque el esfuerzo tiene un enorme valor, a veces terminamos asociando nuestro valor personal con cuánto sufrimos para conseguir algo.

Por eso, cuando algo llega con facilidad, puede parecer sospechoso. Cuando una oportunidad aparece sin que la hayamos perseguido durante años, sentimos que no la hemos ganado. Cuando alguien nos ama sin condiciones, nos cuesta creerlo. Como si el dolor fuera una prueba necesaria para validar el merecimiento.

Nos acostumbramos a sobrevivir

Muchas personas pasan tanto tiempo resolviendo problemas, apagando incendios y enfrentando desafíos que la tranquilidad termina resultando extraña. La mente se acostumbra a estar alerta. A prepararse para lo peor. A buscar lo que falta.

Por eso, cuando finalmente llega una etapa de calma, abundancia o estabilidad, en lugar de disfrutarla, aparece la ansiedad. Nos preguntamos cuándo se acabará. Qué estamos olvidando. Qué podría salir mal.

No porque no queramos ser felices, sino porque a veces estamos más familiarizadas con la supervivencia que con el bienestar.

Confundimos humildad con invisibilidad

Existe una diferencia importante entre ser humilde y minimizarse constantemente. Muchas personas han aprendido a restar importancia a sus talentos, a sus logros y a sus fortalezas porque creen que reconocerlos es arrogante.

Entonces se acostumbran a decir que tuvieron suerte, que cualquiera podría hacerlo o que no es para tanto. Pero reconocer lo que has construido no es soberbia. Es honestidad.

Aceptar que has trabajado por algo, que has crecido o que has hecho las cosas bien no te hace menos humilde. Te hace consciente de tu propio valor.

Foto de Palegleam en Unsplash

El miedo a perderlo también nos hace rechazarlo

A veces no rechazamos las cosas buenas porque no las queramos. Las rechazamos porque tenemos miedo de perderlas.

Pensamos que si no nos ilusionamos demasiado, dolerá menos si desaparecen. Si no celebramos el logro, la caída será menos dura. Si no nos entregamos por completo a una relación, estaremos protegidas. Pero vivir a medias para evitar una posible decepción también significa experimentar a medias todo lo bueno que está ocurriendo. Y al final, el miedo a perder puede terminar robándonos la posibilidad de disfrutar.

Merecer no es algo que tengas que demostrar

Quizá una de las creencias más agotadoras que cargamos es la idea de que el merecimiento debe ganarse constantemente. Como si tuviéramos que acumular suficientes logros, suficiente productividad o suficiente perfección para ser dignas de recibir amor, oportunidades, éxito o felicidad. Pero el merecimiento no funciona así.

No eres más merecedora cuando alcanzas una meta. No eres más valiosa cuando todo sale bien. No necesitas convertirte en una versión perfecta de ti para recibir cosas buenas. La vida no siempre entrega oportunidades de forma justa, pero cuando llegan, no necesitas justificar su existencia ni disculparte por ellas.

Quizá el verdadero trabajo no consiste en aprender a conseguir más. Quizá consiste en aprender a recibir sin culpa, a celebrar sin miedo y a creer, de una vez por todas, que también hay espacio para ti en todo aquello que deseas.

Porque las cosas buenas no siempre llegan porque las merecemos más que otras personas. Pero cuando llegan, también podemos elegir dejar de cuestionarlas y empezar a habitarlas.

Share this post