Foto de Kateryna Hliznitsova en Unsplash
¿Cuántas veces no hemos escuchado que vestirnos es algo superficial?. Algo que resuelves rápido antes de salir, una decisión práctica más dentro del día. Pero no tiene nada de superficial. Vestirte es una forma de habitarte, de expresarte, de recordarte quién eres en medio de todo lo que cambia.
Hay etapas en las que te pierdes un poco. Cambian tus rutinas, tus prioridades, tus relaciones, incluso la forma en la que te percibes. Y en medio de ese movimiento, algo tan simple como elegir qué ponerte puede convertirse en una herramienta para regresar a ti. No desde la imagen, sino desde la identidad.
Porque no se trata de seguir tendencias ni de vestirte para encajar. Se trata de preguntarte: ¿cómo me quiero sentir hoy? Y elegir desde ahí.

Durante procesos de cambio, me di cuenta de que muchas veces seguía vistiendo versiones de mí que ya no existían. Ropa que funcionaba en otro momento, en otra energía, en otra etapa. Y aunque nada estaba “mal”, ya no se sentía alineado. Vestirme empezó a ser un ejercicio mucho más consciente: dejar ir lo que ya no me representaba y acercarme a lo que sí.
También entendí que el estilo no es estático. Evoluciona contigo. Y permitirte cambiar, probar, equivocarte y redefinirte es parte de ese proceso. No tienes que tenerlo todo resuelto ni una estética perfectamente definida. A veces basta con hacer pequeños ajustes que te acerquen a cómo quieres sentirte hoy, no a cómo solías verte antes.
Hay días en los que vestirte es una forma de sostenerte. De darte estructura cuando por dentro todo se siente incierto. Un buen abrigo, una tela que te gusta, un outfit que te hace sentir segura, no cambian tu vida, pero sí cambian la forma en la que la atraviesas. Y eso es más poderoso de lo que parece.

Vestirte también puede ser una forma de elegirte. De dedicarte tiempo, de observarte, de honrar tu cuerpo tal como está hoy, no como crees que debería estar. Es dejar de castigarte frente al espejo y empezar a construir una relación más amable contigo misma.
Y cuando cambias esa mirada, todo cambia. La ropa deja de ser una máscara y se convierte en una extensión de ti. En algo que acompaña tu identidad en lugar de disfrazarla.
Volver a ti no siempre es un proceso grande o evidente. A veces empieza en lo cotidiano. En lo que eliges cada mañana. En cómo decides presentarte ante el mundo, pero sobre todo, ante ti. Porque sí, vestirte también es una forma de volver a ti.